¿Sabes lo que
es la obsesión? Pues eso sentía yo a esas alturas. Como cuando se te mete en la
cabeza esa canción pegadiza y simplona a morir de algún anuncio del que nunca
probarás el producto. Pero yo sí que estoy dispuesta a probar el producto de
esa banda sonora maravillosa que tenía ya el centro y pilar de esta obsesión.
Por supuesto
de juicios hoy no me libraba y no era mi intención. Hacía un par de días me
había llamado mi querida abogada y me había advertido de que hoy tenía que
presentarme a ese maravilloso juicio por el que la señorita Morgan se empeñaba
en hacerme pasar, aunque sabía que en el fondo no tenía posibilidades de
mandarme a la cárcel, pero era un trago que tendría que beberme aunque fuera
amargo.
Pues me
dediqué a hacer lo que mejor se me da, me senté en ese sillón con una pierna en
el reposabrazos, después cuando llegó la señoría me senté como una niña buena,
por cierto iba vestida con pantalón y chaqueta a juego negras, una camisa
blanca con un botón demás desabrochado, mi corto pelo alborotado con espuma
efecto mojado…vamos, iba como una puta señora pero a mi estilo, no se podría
quejar mi abogada, que por cierto demoró esos ojitos lindos en el mismo escote
que hacía un par de meses besaba con frenesí.
El juicio fue
rápido, la señoría había fallado a favor nuestro debido a la falta de pruebas
que tenía la acusación. Al salir me di el lujazo de sonriendo guiñarle un ojo a
Morgan antes de irme, su expresión fue inescrutable y eso hizo que algo dentro
de mí se removiera, parecía que las emociones de esa mujer me afectaban, pero
automáticamente me reí y deseché esa idea, hacía ya muchos años que solo pensaba
en mi misma y todo lo que pudiera darme provecho y punto.
Mi abogada,
Marta por cierto, quería tomar algo conmigo, pero por supuesto decliné su
oferta, tenía que cambiarme y salir corriendo al club donde siempre mi grupo
tocaba. Hoy iba a tener lugar allí la presentación de mi canción. La reacción
de mis compañeros al escucharla fue espectacular y no tardamos mucho en
añadirle todos los instrumentos y fijar esos pequeños detalles que hacían de
ella, una auténtica obra maestra.
En el baño del
juzgado me cambié de ropa, me puse mi camisa negra con el logotipo de mi banda,
la chaqueta de cuero negra, mis pantalones negros ajustados con más agujeros
que un colador, las cadenas que sujetaban mi cartea a los pantalones, mis
anillos plateados, mis botas militares casi hasta la rodilla, el pelo me lo
lavé en el lavabo y me lo coloqué como una especie de erizo cabreado y me
acentué el lápiz negro en los ojos, los labios…de rojo.
Cogí la moto,
me puse el casco con la mochila al hombro y atravesé como un vendaval las
calles que me separaban del club. Estaba convencida de que un par de multas
llegarían a mi casa, pero me daba igual.
Nos subimos al
escenario y comenzó la magia. He de admitir que me invade una sensación increíble,
parece que me transformo cada vez que estoy ahí arriba contemplando a toda la
gente que no para de vitorearnos justo antes de desplegar nuestra música, o
como a mí me gustaba llamarla, nuestra vida.
El local
estaba lleno a reventar, la gente coreaba nuestro nombre y en los reservados
sabía que se ocultaba un rostro nuevo. Una de las ventajas que tiene que seas
la propietaria de un local como mi club es que te enteras de todo, incluso de
las visitas inusuales, y hoy iba a disfrutar mucho con esa visita.
Cuando cogí el
micrófono como si de una amante se tratara todo a mí alrededor se fue, estaba
yo, mi grupo el escenario, mi voz y nada más. La música fluyó y mi voz
desgarrada se acopló como un amante necesitado de amor. Eran las canciones de
siempre, las de discos antiguos y las de más recientes, pero lo verdaderamente increíble
ocurrió cuando después de estar tres horas allí llegó el momento de mostrar la
nueva canción.
La gente reaccionó
muy alborotada al principio, pero después comenzaron a callarse y a mirar al
escenario y a mi poco a poco, cuando quise darme cuenta había lágrimas y
sonrisas, y al poco tiempo la gente coreaba el estribillo. La tuve que cantar
tres veces, pero mereció la pena y más. Al irnos la gente protestó, pero
tendrían que volver a la semana siguiente como siempre para poder tener otra
dosis.
Subí directa
al palco donde sabía que estaría, pero al llegar ya no había nadie. Me habían
anunciado que unos segundos después de llegar y entrar al concierto una mujer
había llegado y había pagado una fortuna por el palco para asistir, según la
descripción del portero se trataba sin duda alguna de Morgan, ella era
inconfundible. La felicidad momentánea que había adquirido en el escenario se
me esfumó de un plumazo y le di una patada a una de las cómodas butacas. Allí
mismo pedí a uno de los camareros que me acercara mi bolso y me después de
prepararlo me fumé un porro para tranquilizarme. ¿Por qué me habría seguido
hasta aquí? ¿Para qué? Y ¿Por qué me cabreaba tanto el no haberla visto?
Después de una
hora allí sentada con la tranquilidad y paz que le había pedido a los camareros
me levanté y fui a mi despacho, allí me cambié de ropa y salí del local. Me
dijeron fugazmente que habíamos hecho la caja de nuestra vida, rechacé un par
de citas que me proponían chicas desesperadas o admiradoras, me despedí de mi
grupo y me dirigí a casa decepcionada, teniendo la sensación de encontrarme
vacía.
Aparqué mi
moto en el garaje y subí en ascensor, éste subió hasta llegar a la primera
planta y se paró, una mujer entró medio de espaldas y se cerraron las puertas,
no me sorprendía, no conocía a ninguno de mis vecinos y sus vidas me importaban
una mierda. Me encendí un cigarro sin más.
-
¿No
sabes que no se puede fumar en un ascensor y que encima hacerlo con una persona
delante ya es el colmo de la desfachatez? – Comentó la mujer sin darse la
vuelta.
Sonreí, no me
podía creer lo que me estaba diciendo. Mi mirada se iluminó y de repente no
quise jugar.
-
¿A
ti no te han dicho nunca que a los conocidos se les suele saludar? Digo yo, es
lo mínimo después de seguirme hasta mi club, pagar una fortuna es más, podrías
habérmelo pedido y te invitaba a entrar gratis.
Morgan se dio
la vuelta se quitó la capucha de la sudadera y me miró. Tenía una expresión
seria.
-
Quería
que supieras lo que se siente al que te espíen y te sigan, aunque creo que a ti
te da lo mismo, también he venido a negociar.
El ascensor se
paró sin más y llegamos a mi ático, abrí la puerta.
-
¿Quieres
entrar? Te invito a tomar algo y hablamos de lo que quieras.
Morgan pareció
vacilar, pero finalmente entró con la espalda muy recta. Llevaba unos
pantalones blancos ajustados, unos all star azules a juego con la sudadera.
Nunca la había visto con un aire tan
informal, porque hasta al gimnasio acudía con emperchada, pero me moló mucho,
parecía rejuvenecer aparentando por fin la edad que tenía.
Morgana se
quedó de pie en medio de mi sala de estar y le pedí amablemente que tomara
asiento, no me hizo falta preguntarle su bebida favorita, la había expiado lo suficiente
como para saber que era un wiski doble si era bebida alcohólica, pero aun así
le pregunté:
-
¿Tienes
el coche o has venido andando?
Ella me miró
con una media sonrisa.
-
Andando.
– respondió secamente.
Me sorprendió
bastante, pero decidí experimentar, iba a hacer un mojito de los míos, al menos
entre mis compañeros de banda eran famosos. Fui a la cocina, preparé los
ingredientes y de camino un porro, cuando tuve todo listo serví dos vasos de
rico mojito en una bandeja negra y lo llevé a la mesa de la sala, delicadamente
puse dos posavasos y coloqué la bebida, llevé la bandeja a la cocina. Me senté
justo enfrente de Morgan, ella en el gran sillón de cuero y yo en uno individual.
Notaba su mirada vigilando cada movimiento mío y miento si digo que no me
provocó algo de excitación, con los ojos muy abiertos vio como me encendí el
porro, le di mi primera calada, crucé mis piernas.
-
Dime,
¿Qué querías decirme? Te escucho atentamente Morgan. – Hice bastante énfasis en
su nombre, noté su media irritación pero me relamí de gusto.
-
Primero,
para ti soy Morgana y segundo, quiero que me dejes en paz a mí y a mi familia.
Y tan pancha
se quedó, desde luego si algo caracterizaba a aquella mujer era ir directa al
grano cuando quería. Por supuesto no me iba a hacer la fácil.
-
Gano
mucho dinero con esto, tengo muchas cosas que mantener y hoy, si mal no
recuerdo, he ganado un maravilloso juicio, ¿Qué te hace pensar que voy a ceder
así porque sí?
Sin más ni más
la vi sonreír, cogió el vaso de la mesilla y se lo bebió de golpe, de un solo
trago y sin respirar, cosa que me dejó bastante impresionada porque
precisamente poco alcohol no tenía, se levantó lentamente. Yo supongo que
tendría los ojos completamente abiertos mientras sujetaba el porro con una mano
con un cenicero debajo, el otro brazo en mi estómago y las piernas cruzadas.
-
Creo
que es la primera vez que te veo bien sentada sin que nadie te obligue. –
comentó como si hablara sobre el tiempo.
Yo permanecí
callada, a la espera.
Morgan caminó
un par de pasos hacia mi mientras metía una mano en su bolsillo, sacó algo
pequeño que ocultaba su mano, con delicadeza me cogió el porro de la mano y se
lo llevó a los labios, con tanta charla y yo allí paralizada viendo a la diosa
pues se me había apagado, de su mano surgió una llama dando a conocer que lo
que su mano ocultaba era un mechero. Le dio un par de caladas mientras rodeaba
mi sillón.
Parecía una
película surrealista, porque ni mi imaginación alcanzaba a tanto, sin más su
cabeza y su mano sosteniendo el porro en sus labios apareció a la derecha de mi
cabeza y soltó el humo. Yo cada vez respiraba de manera más agitada, era increíble
como aquella mujer me removía las entrañas tan profundamente. Volvió a darle
una calada al porro lentamente mientras daba la vuelta a mi sillón quedándose
frente a mí, puso el porro en el cenicero y se inclinó apoyando sus manos en
los brazos del sofá e inclinándose hasta que nuestros ojos estuvieron al mismo
nivel y nuestras caras a unos diez centímetros.
Sin darme
tiempo ni a enfocarla bien se acercó y ocurrió lo que menos me esperaba esa noche,
me besó y me pasó el humo. Cuando se separó a los treinta segunditos expulsé
lentamente el humo que me había pasado.
-
Un
placer verte, pero tengo una hija que atender. Buenas noches Alira.
Lentamente se
encaminó hacia la puerta.
-
Espera,
¿Por qué me has besado? – Le dije con una voz que más pareció un jadeo.
-
No
me gusta deber nada a nadie. – contestó sonriendo.
Me acerqué
lentamente y la volví a besar. Pero no duró mucho, ella volvió a besarme, al
final resultaba que era verdad que no le gustaba deber nada a nadie.
La acompañé
hacia la puerta decepcionada, suponía que aquí se acababa todo, no nos debíamos
nada, me había advertido que quería que dejara a su familia en paz y poco más.
Aunque en lo último, se equivocaba de cabo a rabo, no la dejaría en paz a ella
en mucho tiempo.
En la puerta
la miré, supongo que mi cara reflejaba suficiencia, aunque supe a la perfección
que mis ojos mostraban tristeza.
-
Me
gusta demasiado mi vida privada Alira, no soy como la mayoría piensa, es más,
ni siquiera mi madre ni mi marido me conocen, y no quiero que tú lo averigües
por la fuerza.
-
Entonces
dame permiso.
Se acercó a mí
y me dio otro beso, pero esta vez intenso, profundo, largo y delicioso, al
separarse de mi hubiera apostado porque aún no había abierto bien ni los ojos
del gusto, del calentón y del subidón de adrenalina.
-
No
– contestó, cerró la puerta y se fue.