Rezaba interiormente para que inventaran algo
que le permitiera multiplicarse para poder abarcar al final del día toda la
inmensidad de cosas que debía, quería y deseaba hacer, pero mientras tanto allí
estaba, en medio de su caótica oficina hablando por el móvil en manos libres
mientras también usaba el teléfono fijo con el altavoz puesto. Estaba llegando
por fin a un trato entre ambas partes, por el móvil hablaba el abogado de la
otra parte y al fijo tenía a su defendido escuchando el trato para ver si por
fin zanjaba el asunto consiguiendo ella una muy suculenta suma.
Al llegar a su
casa aparcó en el garaje subterráneo su maravilloso coche rojo de alta gama y
con unos pies que parecían de plomo se encaminó con su maletín de cuero hacia
el ascensor. Mientras subía, no pudo dejar de observarse en el espejo, tenía
unas ojeras terribles que, en breve, el maquillaje ya no camuflaría. Pero
seguía siendo tremendamente atractiva, era alta, tenía un pelo liso castaño
casi siempre atado en un recogido profesional para ocasionar buena impresión a
sus clientes en el bufete de abogados, no tenía mucho pecho, pero si el vientre
plano y un buen culo, lo más destacable de ella aparte de sus ojos verdes y sus
labios carnosos sugerentes eran sus largas y estilizadas piernas conseguidas a
base de no dejar de moverse con tacones por la vida y unas sesiones agotadoras
de gimnasio mañanero.
Al abrirse las
puertas del ascensor llegó a la gran sala de estar, con sillones cómodos
grandes de cuero negro que la llamaban e invitaban a que se sentara en ellos.
Su marido estaba allí sentado con muchas revistas a su alrededor. Al verla
llegar le sonrió y se sentó junto a ella abrazándola y dándole un beso cálido y
apasionado.
-
¿Cómo
te ha ido en el trabajo mi vida? – le preguntó siempre muy atento.
-
Pues
bien, por fin conseguí cerrar el trato así que ya estoy libre de trabajo
importante hasta la semana que viene. ¿Y tú amor? ¿Cómo está Alba?
Así comenzaron
la típica charla de por las noches, la niña estaba ya acostada durmiendo y
había pasado un buen día en el colegio como solía ocurrir a la edad de cinco
años, la tarde se la había pasado con su padre. Su marido se había pasado la
mañana en un rodaje de publicidad, del cual él era el protagonista, y estaba
muy indignado con los periodistas que cada vez eran más osados, ya que lo
habían fotografiado a él y a la niña mientras daban un paseo por el parque a
pesar de las negativas de él.
Cenaron juntos
de una manera romántica como todas las noches bromeando de manera picante,
divertida y descarada como solían hacer entre ellos y después de un baño juntos
donde después de seguir hablando se dieron masajes mutuamente, acabaron en la
cama haciendo el amor apasionadamente y finalmente durmiendo juntos.
Morgana no
podía evitar sonreír por la mañana, observaba a Marco, su apuesto marido y pensaba en la suerte que tenía. Él medía un
metro noventa, era un hombre fuerte y tenía un cuerpazo escultural fruto de
horas y horas de machaque en el gimnasio. Era actor de profesión y había
protagonizado muchas películas de gran éxito y campañas publicitarias, se le
notaba que disfrutaba de ello y que el público lo amaba y ¿Quién no? Con esa
sonrisa brillante que te hacía sonreír nada más en pensar en ella, ese pelo
corto rubio y esos ojazos azules como el mar, alegres y muy sensuales.
Eran las seis
de la mañana y Morgana ya estaba preparada para una sesión intensiva de deporte
matutino en el mejor gimnasio de la ciudad, que daba la casualidad de que
estaba dos calles más arriba de su casa. Durante el trayecto se sintió varias
veces extraña, como si en la lejanía la observaran, pero después de girarse
alrededor de tres veces para comprobar que nadie la seguía, achacó esa
sensación a la paranoia de “famoso perseguido” que tenía su marido.
Dentro del
gimnasio mientras corría en la cinta con los auriculares puestos notaba la
mirada de aprobación de su entrenador personal, al cual ella cariñosamente
llamaba Jefe. Estaba bastante orgullosa de su forma física, conseguida en poco
tiempo gracias a una dieta equilibrada y unos ejercicios específicos y no podía
negar que ese día se había levantado con bastante buen humor, así que se
presionó un poco más por puro placer.
En las duchas
el agua casi hirviendo le quitó la tensión y se sintió muy a gusto, pero algo
la inquietaba y seguía teniendo encima esa sensación de que la estaban
observando.
-
¿Hola?
– preguntó con voz confiada.
El eco le
devolvió su respuesta, y había visto demasiadas películas como para saber
cuántas maneras había de morir en un baño de gimnasio cuando se estaba sola,
como para aventurarse a comprobar si alguien se había escondido allí. Así que
se vistió en cuanto pudo y se dirigió corriendo al mostrador de recepción donde
se encontraban aparte del recepcionista, los entrenadores.
Pasaron dos
días más y esa sensación la acompañaba a todos lados, salvo cuando entraba en
su segura casa, que parecía un búnker debido al obsesionado de su marido, pero
en aquellos momentos lo agradecía con toda el alma.
Ése día en
concreto entró al gimnasio con ganas de evadirse de todo haciendo ejercicio
intenso. Así que se pasó corriendo en las cintas junto a una chica que parecía
nueva allí las dos horas. Al acabar se sintió mucho mejor y también algo
sorprendida, ya que la chica que estaba a su lado acabó al mismo tiempo que
ella y al parecer con menos signos de fatiga. El gimnasio a esas horas solía
tener una media de veinte personas entrenando, ya que era temprano. Pensó que a
lo mejor la chica había cambiado simplemente de horario. Mientras se secaba el
sudor con una toalla y bebía un poco de bebida isotónica la chica se puso en
frente de ella y con una sonrisa le dijo:
-
Hola,
me llamo Alira. ¿Qué tal? ¿Has llegado a tu meta marcada para hoy?
Morgana sonrió
y le tendió la mano.
-
Me
llamo Morgana y sí, estoy muy satisfecha hoy con los resultados ¿Tú?
Y ese fue el
inicio de una conversación que la llevó a descubrir que esa chica alta,
pelirroja, flaca pero musculada, se llamaba Alira y era fotógrafa. La duda que
le surgió mientras se duchaba era que cómo una fotógrafa podía permitirse la
inscripción a ese gimnasio. No le dio muchas vueltas, la chica era muy amable,
simpática y solo había mostrado curiosidad por ella. Y llegados a este punto,
volvió a cagarse en todo y en sus paranoias. Salió de la ducha envuelta en una
toalla blanca, con el pelo aun chorreando y vio que en el banco de enfrente de
la ducha estaba Alira, ya vestida y preparada para marcharse. Llevaba un
atuendo muy rockero, pantalones negros rotos por diversos sitios, unos botines
con tacón y hebillas plateadas enormes, una camiseta negra con una calavera
descolorida que según intuyó dejaba un hombro por fuera y una chupa de cuero
negro desgastada.
Un par de
chicas pasaron por delante de ellas ya cambiadas y preparadas para enfrentarse
a sus diversas rutinas diarias.
Alira se levantó
a Morgana y sonriendo dijo:
-
Bueno,
yo ya me marcho, espero que todo te vaya bien – se acercaba cada vez más
mientras hablaba.- Solo quería darte las gracias – dicho esto se apartó el pelo
rojo fuego rizado y rebelde hacia un lado.
-
Gracias
¿Por qué? – Preguntó Morgana mientras se le hacía un nudo en la garganta, no le
gustaban aquellas proximidades, pero aun así amable le sonrió
-
Yo
me entiendo.- dijo sonriendo Alira.
Pero ahí no
acabó la cosa, Alira cogió su enorme mochila de gimnasio negra y dio dos pasos
encaminándose hacia la puerta, pero se paró, se dio la vuelta con una sonrisa
pícara.
-
Por
cierto – dijo avanzando rápidamente hacia Morgana, le sujetó la nuca y la
cintura mientras Morgana retrocedía impresionada, pero tarde, porque la besó de
lleno en los labios.- Me gusta como hueles.
Y dicho esto
la soltó como si no hubiera pasado nada. Morgana paralizada vio como Alira se
marchaba y cerraba la puerta. No sabía cómo se reaccionar en aquellas
circunstancias y allí se encontraba pensando simplemente que Alira tenía los
labios muy suaves, de hecho, eran los más suaves que ella hubiera besado nunca.
Y frustrada escuchaba las conversaciones de las otras chicas que estaban en la
ducha, las cuáles, no se habían percatado de nada.
Morgana sabía
que pensar demasiado las cosas no traía nunca nada bueno consigo, así que dejó
de analizar ese vuelco que le dio el estómago al verse sorprendida y lo achacó
precisamente eso, al hecho de no esperarse un beso de una chica a la cual justo
acababa de conocer. Salió ya vestida y aseada del baño, con un color sonrosado
en las mejillas y se dirigió como siempre al mostrador. Allí estaban sólo su
entrenador y el recepcionista que la miraban con cara de preocupación.
-
¿Qué
pasa jefe? Tienes cara de pocos amigos, como si me hubiera dado un atracón de
chocolate en plena dieta – Bromeó intentando animar a su entrenador.
-
Morgana,
ven conmigo a mi despacho privado por favor, hay un tema grabe del que tengo
que hablarte.
Morgana no
perdió un segundo y se dirigió directamente a donde él le había indicado usando
como máscara su cara de abogada seria.
-
Morgan,
te han estado siguiendo y sacando fotos sin tu consentimiento, hemos pillado
hoy a esa persona aquí y hemos revisado todo su arsenal, hay fotos tuyas, de la
niña, de tu mozo, de tu coche, el de Marco, de tu casa por fuera…
Morgana tomó
aire y lo soltó por la boca lentamente tratando de serenarse, pero no podía.
Tendría que darle la razón al paranoico de su marido en cuanto se enterara de
todo.
-
Yo
he notado que me observaban durante estos días jefe, pero no lo había comentado
con nadie, ya sabes cómo es Marco, no quiero que las paranoias le vayan a más.-
comentó un poco atacada por los nervios. - ¿Dónde está quien me perseguía?
El entrenador
la abrazó mientras las lágrimas le bajaban por el rostro.
-
Está
en el despacho de Juan, pero Morgan te juro como Agustín que me llamo, que
ahora está todo bien ¿Vale? Ya sabes que puedes contar con este culito de acero
para lo que quieras.
-
Muchas
Gracias Jefe.
Salieron del
despacho justo cuando entraron dos policías guiados por el recepcionista al
despacho de al lado. Allí solo se les oía a ellos, el sonido de las esposas y a
uno de los agentes diciéndole en voz alta los derechos al detenido.
Cuál sería la
sorpresa de Morgana cuando entre los dos agentes quien salió esposada, con cara
de suficiencia, chula y prepotente era Alira, la muchacha que descaradamente
había hablado con ella y la había besado.
Justo cuando
pasaba a su lado, Alira fue consciente de la presencia de Morgana y sin más le
dedicó una sonrisa radiante y le dijo:
-
Nos
veremos pronto preciosa. – acompañando la frase con un guiño de ojo.