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La
desesperación es amarga y tiene consecuencias.
El tiempo pasaba cada vez
a una velocidad más frenética mientras ambas deseaban que se parara. Estaban en
aquella tienda de trajes de novia y Megan se estaba probando ya el octavo.
Cada traje le quedaba
mejor y aumentaba el deseo inevitable de Vico, pero ella apretaba la mandíbula
y se hacía la fuerte por las dos, aguantando las lágrimas y aparentando estar
lo más feliz posible.
No paraban de parlotear
sin sentido sobre los trajes, los adornos extra o los adornos que les sobraban.
Al final eligieron el traje que a ambas las había enamorado nada más entrar.
Tenía un velo precioso no muy tupido, era estilo palabra de honor muy sencillo
con una especie de recogido en la cadera con un broche en forma de flor
precioso y una cola de tamaño mediano con bordados blancos de flores.
A continuación fueron a
comprar el traje de Vico. Se dirigieron a una de las tiendas más caras de la
ciudad y Vico llamó a la diseñadora en persona. Se saludaron como si se
conocieran de toda la vida, lo cual era cierto entendió Megan, cuando Vico le
explicó que ella era la diseñadora personal de su madre. Le tomaron las medidas
y Vico le explicó un boceto de lo que más o menos tenía pensado a la diseñadora
dejándole a su imaginación los detalles y la parafernalia.
Tanta vuelta con el coche,
tanta apresuración en cuanto a los preparativos de cada nimio detalle, la
planificación de cada momento y lugar absorbió tanto a ambas que cuando
quisieron darse cuenta al día siguiente sería ese maravilloso y a la vez odiado
día en el que Megan se casaría.
Vico lloraba en la cama y
procuraba no moverse, hacía mucho tiempo que no dormía bien, sentía que al
respirar se le hacía más grande la herida del pecho y más se asfixiaba en si
misma. Nunca pensó que podría llegar a enamorarse, no quería y lo había
intentado evitar por todos los medios, pero allí estaba. Se sentía culpable por
no haber luchado por Megan, pero otra parte de si misma estaba muy satisfecha
por no haber interferido. Se negaba a aceptar que Megan fuera para sí,
simplemente ella tenía su vida y todo hubiera seguido igual si Vico no hubiera
aparecido. Se consolaba pensando que ella tenía que llegar a su vida para darle
ese toque de color y ganas de sentir que parecía que Megan había adquirido con
el tiempo.
En el otro lado de la
ciudad Megan caminaba en su habitación de un lado para otro, sentía un vacío
tan grande en el pecho que no sabía que pensar. Se suponía que las novias
debían estar eufóricas el día antes de su boda y normalmente les costaría
dormir por la felicidad y la excitación del día siguiente. Pero en su caso no
sabía describirlo, era como si una mano enorme se hubiera cerrado en torno a su
garganta y se empeñara en ir apretando a medida que las horas avanzaban sin
piedad hacia los minutos exactos señalados.
Cuando menos se dieron
cuenta ambas estaban en pie arreglándose para dirigirse a las peluquerías y
demás. Vico se dirigió al salón de belleza que su diseñadora le había indicado
donde tenían todo preparado. La maquillaron de tal manera que no se reconocía
en el espejo y el traje color vino, corto con bordados en negro, un corpiño
precioso que le dejaba los pechos de una manera magnífica, zapatos de
tacón negros altos de vértigo le
quedaban increíblemente geniales.
La diseñadora no paraba de
decirle lo preciosa, guapa y magnífica que estaba y en verdad así era, parecía
una modelo de los pies a la cabeza porque el magnífico peinado que llevaba le
sentaba de miedo, el pelo rizado a base de peluquería le colgaba libre en la
espalda. Era muy sencillo, pero como justo le había comentado la diseñadora,
“No hace falta adornar más la magnificencia”.
Cuando la novia se miró al
cristal no se reconoció, tenía un maquillaje ligero, iba con el maravilloso
traje de sus sueños, se iba a casar con el hombre de su vida, pero la que se
observaba en el cristal del coche de lujo que la aproximaba a la iglesia no era
ella, parecía otra persona. No era por la expresión de su cara, ni por nada
relacionado con el físico sino con cómo se sentía, sus ojos eran como dos pozos
verdes que la arrastraban a la infelicidad más absoluta.
Al bajar del coche, y
siendo ayudada por algunas familiares y amigas, se dirigió a una habitación de
la iglesia que estaba destinada para que la novia aguardara allí a que el novio
llegara primero o simplemente para que le diera tiempo a beber algo, comer
algún tentempié o para evitar desmayos o cualquier contratiempo indeseable como
era el caso.
Allí descubrió que la
esperaba Vico porque vio un bolso que le resultaba demasiado familiar. Mandó a
salir a todas las mujeres que allí se encontraban y abrió la puerta del baño.
Se encontró a Vico lavándose la cara y descalza con los tacones arrimados a un
lado.
-
¿Qué haces Vico?
¡Estás preciosa! – Intuyó Megan al levantar Vico la cabeza hacia ella.
-
No era yo, no
me reconocía en el espejo. No veré como te casas sin que ni si quiera yo pueda conocerme
a mi misma.
Ambas se rieron, pero la
situación era muy incómoda. A Megan la vinieron a buscar y se entretuvo todo lo
que pudo para que a Vico le diera tiempo a estar preparada, pero no la vio ni
nadie vino a confirmarle que ya podía entrar a la iglesia.
Cuando la presión fue
imposible de mantener por parte de sus amigas y familiares entró en la iglesia casi
a rastras y sonó su música, aquella que Vico se había empeñado en componer a su
gusto y manera, música celestial que la elevaba a los cielos, pero nunca pensó
que escucharla en el momento mas crucial se iba a sentir más alejada de él.
Avanzó paso a paso
mostrando una sonrisa y mirando a todos lados acompañada del brazo de su padre,
pero no veía a quien quería ver. Llego a donde estaba su en breve marido y le
tomó el brazo. El cura ya estaba en posición y comenzó la misa.
Megan estaba angustiada y
la pregunta de ¿Dónde está Vico? No paraba de darle vueltas a la cabeza.
No supo bien en qué
momento pero la vio escondida, justo detrás del altar oculta en la sacristía,
no tenía el maravilloso traje de diseño puesto sino un pantalón vaquero y una
camisa sencilla blanca aunque el pelo seguía con esos rizos esplendorosos.
No paraba de mirarla, y
Megan la observó bien, estaba más flaca que cuando la había conocido, y eso que
antes ya era bastante delgada, tenía unas ojeras enormes como de no haber
dormido en varios días y los ojos un poco hinchados al igual que los labios,
los cuales se había mordido hasta la saciedad, no sonreía, sólo la miraba con
una expresión de devastación en la mirada.
-
Cariño ¿Qué
miras? – le susurró Alejandro.
Fue como si lo viera por
primera vez, tenía una sonrisa preciosa unos ojos castaños llenos de luz y de
felicidad, el pelo rubio repeinado lo hacían parecer el hombre más perfecto del
mundo y allí estaba ella, insegura, pensando en aun no tenía claro en qué. Le
sonrió y estuvo tentada a besarlo, pero recordó donde estaba y se contuvo. Alejandro
pareció darse cuenta y sonrió de nuevo, y mientras tanto el cura seguía
hablando con un ritmo monótono perdido en divagaciones que muy pocos
escuchaban. Megan clavó la vista en el suelo durante unos segundos eternos y
cuando levantó la mirada volvió a dirigir la vista hacia donde sabía que se
encontraría Vico.
Allí la encontró de nuevo,
en la misma postura, los mismos ojos, el mismo cuerpo, los mismos sentimientos,
pero algo cambió…Una lágrima resbalaba por la mejilla de Vico, se podría decir
que una de tantas, pero esa lágrima podía leerse, podía sentirse y Megan captó
en ese momento su significado.
No era alegría lo que
sentía Vico, era devastación, ese tipo de desolación que te arrasa el alma
cuando sabes que estás a punto de perder al amor de tu vida, ese tipo de vacío
que hacía que todo lo vieras sin color, todo monótono e igual, pareciera más
bien que nada, ningún sentimiento positivo pudiera tocarla nunca más. Megan
supo que sentía Vico exactamente porque, aunque lo negara, ella
inconscientemente estaba sintiendo lo mismo desde que comenzó todo el jaleo de
la boda. Poco a poco habían ido muriendo la ilusión, la esperanza y la alegría
porque cada vez que pasaba más el tiempo y ahondaban en los preparativos de la
boda, Megan más se enamoraba de Vico y viceversa, pero al mismo tiempo, más se
reducían las posibilidades de estar juntas.
En esos minutos comprendió
cada detalle, cada gesto que Vico había tenido hacia ella, cada contención por
parte de ambas de un sentimiento enorme, abrasador, magnífico y apocalíptico
que estaban sintiendo la una por la otra. Entendió el porqué de estar a su
lado, el porqué del gran regalo de bodas. Supo al momento lo que significaba el
amor y es que el amor es dar todo lo que se tiene y más por la otra persona,
sólo por su felicidad, por su bienestar, solo sabiendo que la otra persona iba
a estar bien se podía vivir y Vico había querido hacer eso, aunque significara
apartarse del camino dejando que Megan fuera feliz con otra persona, por eso
nunca forzó situación alguna, nunca luchó ni dijo una palabra demás ni fuera de
lugar que inclinara la balanza a su favor.
También se dio cuenta de
que Vico no se creía merecedora de ella, seguramente por aquel episodio que le
había contado hacía ya tiempo que había ocurrido antes de llegar a la ciudad
donde sus padres y en concreto su madre
le había minado la moral y la había despreciado como persona solo por ser
homosexual. En unos minutos de observación entendió prácticamente su vida
entera y supo que aquel hombre que le sostenía la mano y pronunciaba aquellos
botos y decía firmemente aquel “Si quiero” No era el amor de su vida ni mucho
menos, sino aquella muchacha que lloraba en la sacristía y que se estaba dando
la vuelta para marcharse y resignarse a ser infeliz al igual que ella.
-
Cariño ¿estás
bien? – Le preguntó Alejandro.
Fue como despertar de una
ensoñación, el cura estaba delante de ella, su novio la miraba con preocupación
y era el foco de atención de toda la iglesia. La mirada de pánico que puso fue
visible a todo el mundo, y al levantarse en la multitud comenzó a extenderse un
rumor que crecía a cada segundo, Megan se recogía el vestido.
-
Yo no, yo no,
yo no. – Tartamudeaba sin remedio perdida, las lágrimas comenzaron a brotar de
sus ojos como cascadas y se reía histérica como un dibujo animado malvado que anduviera
suelto.
Se agachó y con tirones
bruscos y concienzudos comenzó a rasgar la parte de abajo del vestido para
dejarse las piernas libres, la gente se le acercaba y Alejandro aun no la había
soltado del brazo.
-
No puedo
casarme contigo – le dijo al fin.- He cometido una locura, me he vuelto loca de
amor por otra persona y he estado a punto de perder ese último tren hacia mi
felicidad por culpa de un “Si quiero” precipitado. Encontrarás a alguien mil
veces mejor que yo, te lo juro.
Comenzó a correr por el
pasillo de la iglesia, se sentía libre, eufórica, loca por llegar a rozar con
sus propios dedos la felicidad, su propia felicidad la cual tenía nombre y
apellidos.
Al salir de la iglesia
estaba lloviendo, pero poco le importó. Supuestamente los novios saldrían hacia
el banquete y a hacerse las fotos planeadas en una Harley Davison preciosa que
estaba aparcada fuera de la iglesia. Allí la encontró, negra galante y enorme
junto al dueño el cual la miraba como si se hubiera escapado ella de un
manicomio.
-
¡Las llaves! –
Le gritó.
El hombre asustado se las
lanzó y se apartó del camino mientras Megan arrancaba a todo trapo recorriendo
las calles de la ciudad como una loca.
Llegó a la casa de Vico,
pero se encontró con la puerta abierta, entró llamándola a gritos pero nadie
respondía salvo el perro que estaba atado en el jardín. Megan se arrancó el
velo, se quitó los tacones, fue al jardín soltó al perro y lo persiguió en su
carrera frenética.
Vico estaba allí desde
hacía unos minutos, caminaba sin rumbo por el parque y no sabia a donde se
dirigían sus pies. Estaba empapada de arriba abajo porque la lluvia se había
intensificado. Al final reconoció el sitio donde había ido y se apoyó en la
palmera que siempre le había dado cobijo bajo su pie. Se apoyó en ella y simplemente
miraba al vacío y lloraba.
Clito corría y corría,
sabía donde estaría su dueña y por fin al captar su olor desvaneciéndose apretó
más el paso y corrió como enloquecido, sentía que ella no estaba bien y tenía
que protegerla a toda costa.
Cuando Megan no pudo
correr más se dedicó a mirar por el parque, pero unos sollozos la dirigieron al
lugar exacto, vio al amor de su vida apoyada en la palmera, sujetándose el pelo
que había perdido los magníficos rizos, y el vientre, dejándose llevar por convulsiones
de llanto y dolor. Megan nunca pensó sentir tanto dolor y tanta desesperación de
golpe y los pies se le movieron solos, corrió hasta que la tuvo de frente, pero
la visión de Vico estaba empañada por las lágrimas y supo que no era capaz de
verla. Le despejó el pelo de la cara y se la sujetó entre las manos, Vico
sujetó las manos de Megan mientras seguía sollozando y Megan le restañó las
lágrimas que aun salían. Poco a poco Vico se fue calmando y miraba a Megan con
incredulidad, alivio, miedo y alegría.
-
No me voy a
ningún sitio, - le susurró Megan – Me quedo contigo.
No hubo más palabras, solo
una mirada larga e intensa mientras el miedo de Vico se desvanecía. Una vez se
desvaneció por completo, Megan se acercó al centro de sus manos que aun sujetaban
la cara de Vico y se fundió en el beso que más había estado deseando en su vida
sin saberlo y con la persona que poco a poco se había convertido en el amor de
su vida sin esperarlo.
En la lejanía dos pares de
ojos observaban, ambos llevaban odio en la mirada.