Frustración,
ahogo, ganas de gritar…la realidad me asfixia mientras veo que estoy a mitad de
todo lo que quiero conseguir en la vida y no avanzo, ya son varios años aquí en
la estacada y ya son muchas las personas que se han olvidado de mi mientras yo,
aquí, sigo sin dar ese paso adelante definitivo que me lleva a arrancar sin
mirar atrás. Esperando a que un milagro me rescate, que una mano se alce entre
la multitud ante la mención de mi nombre, esperando la oportunidad que me haga
emerger de ese pozo en el que me obligan a meterme. Tal vez sea mi complejo de
olla express guardarme todo poco a poco hasta que sin más no aguanto la presión
y en un gran BOOM sale todo a la luz como un torrente destructivo que a la que
más deja perjudicada es a mí, quizás sea mi completa dedicación a otras cosas
dejando mi vida siempre un poco aparcada esperando retomarla quizás en un
momento de aburrimiento o cuando, quizás, ya no sea necesario retomarla.
Estoy
harta de darlo todo en la primera calada, estoy harta de ser ese baso de tubo
que después de una larga noche de fiesta queda botado en medio de la basura del
botellón, estoy harta de llegar a casa y que amargas lágrimas recorran mis
mejillas pensando en que pasa otro día más sin que me sienta más cerca de la
meta más pequeña que tengo.
Ver
como los demás avanzan hacia lo que quieren currándoselo día a día y ver cómo
tanto trabajo tiene su recompensa me causa alegría, porque al fin y al cabo,
son amigos míos y sé que se lo merecen. Pero estoy muy cansada de currar yo y
ver que no hay respuesta, no hay premio, no hay recompensa. Simplemente estoy
aquí un día más sentada en el sillón, recordando qué es lo que he conseguido,
qué es lo que quiero, cuánto he trabajado y lo poco que he logrado.
Quizás
sea demasiado dura conmigo misma, pero no me cansaré de repetir que no me hacen
falta enemigos porque, a la mayor enemiga, ya la llevo dentro yo. Me torturo
día a día, recordándome justo antes de acostarme todas y cada una de mis
batallas perdidas, todas y cada una de las oportunidades que se me abrieron y
rechacé o simplemente dejé escapar.
Pero
claro, a las críticas de desconocidos no tengo miedo, me aterran aquellas que
vienen directamente de aquellos seres queridos que me conocen lo suficiente como
para saber qué me hace daño, que son conscientes de donde me tienen que golpear
exactamente para no levantarme. Y lo que más me duele, es que a pesar de que yo
ya me doy mi dosis diaria de sufrimiento, también a veces recibo dosis extra de
personas que me conocen, saben cómo soy, pero parece encantarles ver como se me
apaga el mundo con un simple comentario que da el golpe de gracia.
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