Espejos,
grandes mentirosos que en la intimidad de una habitación, se atreven a
mostrarnos esa realidad distorsionada donde lloramos cuando no queremos, nos
muestra nuestra peor cara de rabia, el abatimiento que corre por nuestro cuerpo
cuando fuera de la habitación éramos todo sonrisas, nuestras envidias, nuestros
complejos, nuestra cara de odio... Ése mentiroso tiene el valor de mostrarme el
lado oscuro de mi Luna, el lado que no quiero enseñar a nadie jamás, muestra lo
peor, lo más triste, lo más decepcionante… Nos empeñamos en echar la culpa al
triste objeto como si él tuviera la culpa de ser como es y de estar donde está.
No señores, señoras, los espejos no tienen la culpa de reflejar lo que queremos
ocultar cuando nos metemos en esa habitación donde da la casualidad que lo
hemos colocado. La culpa de nuestro lado oscuro lo tiene nuestro lado luminoso,
ya que uno, no puede existir sin el otro. Admitámoslo ya, la luz no sobrevive
sin la oscuridad.
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