Los
baños, siempre han sido un lugar de aseo necesario e imperioso, conocedor de
nuestras mayores glorias y de nuestros momentos más penosos. Ese wc, el lavabo,
el bidet y por último ese maravilloso sitio donde, no importa si sea bañera,
plato de ducha o jacuzzi, puede ser tanto un lugar básico de higiene personal,
un spa donde relajar esos músculos tensos, el lugar perfecto para desahogar tus
penas, masturbarse tal vez o el mayor y
más amplio escenario. Admítelo, has sonreído al recordar algunas de las escenas
que has vivido en ese lugar. Por supuesto que la imaginación vuela y no solo es
un lugar en el que uno deba estar solo obligatoriamente, una madre baña a sus
hijos, hermanos pequeños se bañan juntos, en familia bañamos al perro, el matrimonio se relaja dándose un baño de
sales, los enamorados dan rienda suelta a la pasión y al deseo en el plato de
ducha. Por supuesto también pueden ocurrir escenas no tan placenteras o
graciosas. Y aquí es cuando recordamos la película famosa de Hitchcock cuando
el cuchillito, la pobre chica asustada que grita, zas, zas, zas y muere.
Pues en
todo esto me encontraba yo reflexionando cuando salí, de en mi caso plato de
ducha, cogí una toalla que tenía cerca y me la enrollé en el cuerpo, siempre he
necesitado valor para dar ese paso he de admitirlo. Me giré para buscar una
toalla para poner en el suelo, siempre me olvidaba de ese paso porque soy una
despistada, mientras caminaba y estiraba la mano iba pensando en el delicioso
aroma a vainilla que desprendía gracias a mi nuevo gel de ducha cuando resbalé
con el agua que descendía rápida por mi pelo y mi cuerpo y encharcaba al suelo
y en la caída me partí el cuello ocasionando mi muerte. Está claro que, el
baño, es uno de los sitios más placenteros o terroríficos, pero uno de los más
indecentes para la pobre persona que te encuentre tiesa, muerta y desnuda. Al
menos tengo el consuelo de que huelo bien.
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