jueves, 8 de agosto de 2013

Una historia poco corriente...

Capítulo 1


Si esperas una historia de heroísmo, valentía, romanticismo y demás mejor cierra esta página y búscate otra historia. Ésta no es una de esas que permanecerán grabadas en la historia como himnos y serán dadas en las clases de lengua, ni tan si quiera después de leerla creo que vayas a acordarte nunca más de ella. Pero si decides quedarte, recuerda que si estás en situaciones como las que aquí puedo llegar a describir, para ser feliz, solo tienes que hacer lo contrario a lo que hago yo.
Mi historia comienza dándome cuenta de lo lógico, no era como los demás, me sentía diferente y bueno, no es que estuviera destinada a ser Cat Woman ni una princesa ni hostias. Me di cuenta de que era lesbiana, me gusta más una chica que comer, ahora lo acepto sin ningún problema y me río de todo, pero a la tierna edad de quince años donde todo es un jodido drama, créeme, no fue nada fácil asimilarlo. ¿Qué de quién me enamoro? Jaja, no podía ser de otra persona que de mi profesora de Lengua Española. Si, es que yo la veía todos los días desde primera fila a veces, otras desde la última, pero eso sí, era incapaz de quitarle el ojo de encima porque era mi tipo de mujer.
Y así, en las sombras, pasaron los años mientras yo estaba muy cómoda metida en Narnia profunda. Mis amigas con los chicos era como si bailaran a lo largo de una gran pista de baile y cambiaban de pareja a placer. Claro que el gran salón era el instituto y cuando me refiero a bailar, estoy queriendo decir que se sumergen  en relaciones. Yo permanecía sentada, observando la escena a lo largo de los años que transcurrieron desde que me di cuenta que me llamaba más poderosamente la atención, como le quedaban los vaqueros ajustados a mi joven profesora de lengua que el “potente paquete y músculos” que tenía el joven profesor de gimnasia.
¿A qué me dediqué desde los quince años? A averiguar cosas sobre Dafne, la de lengua, y he de decir, que de éxito no he tenido casi nada. Saco las mejores notas de mi clase y tengo cierta confianza con casi todos mis profesores, pero no consigo pasar de ahí. También puede deberse a que soy extremadamente tímida y poco comunicativa, pero como decía mi amiga Carla, a veces tengo cara de confesionario, y  la gente me acaba contando cosas muy íntimas sin yo mover un dedo para que suelten la lengua. Pero bueno, ese “Don” que según Carla es la bomba, no me sirve para alcanzar el objetivo que quiero, ya que Dafne parece un bunker anti apocalipsis zombie. Pero miento si digo que no me gusta que así sea ella, las personas que se abren a la primera nunca me han gustado y tiendo a desconfiar hasta de mi sombra.
Otro tema que te inquietará es la edad, cuando mi historia comienza tenía quince años y Dafne veintitrés, vamos que, ocho años de nada. Para mi existe un problema a partir de los diez, así que ella entra perfectamente dentro de mis cánones.
Y aquí comienza el problema señoras y señores, a mis quince años no hay problema, a mis dieciséis comencé a dar un poco el cante, bastante en realidad. Todas las adolescentes de mi clase tienen unos niveles de hormonas en sangre que no son ni aceptables, vale, yo también estaba igual, pero la diferencia entre ellas y yo es que ellas pueden gritar su amor a los cuatro vientos, yo sin embargo calladita en un rincón estoy mejor. Nadie sabe que me gustan las mujeres, mucho menos que me muero por la de lengua. Y es que una de las tías más populares del insti, no solo por su inteligencia, sino porque… ¡Vale joder! La opinión de casi todo el mundo es que soy una poco rara al principio, pero muy simpática, extrovertida y demás gilipolladas típica de una chica que le cae divinamente bien a todo Dios, si a eso le sumamos que según todos los tíos estoy muy buena, pues ahí tienes el cóctel en el que me encontraba. Una chica que es acosada por los chavales hormonados que pasa de todos ellos, enamorada de su profe de lengua, sin que nadie sepa que es homosexual y por supuesto acojonada. No conozco a nadie como yo, una de dos, o en este instituto se esconden o en verdad soy un bichito raro que no confía en nadie lo suficiente como para desahogarse del todo. Pero bueno.
Todo no puede ser de color de rosa y cuando empecé a dar el cante pues no quise pasar desapercibida como haría cualquiera. Te resumo, en mi situación, cualquier chica con dos deditos de frente escogería al chico más idiota pero guapo y comenzaría una “relación tapadera” para quitarse de encima las sospechas, yo simplemente soy una idiota demasiado sincera. Antes de hacer daño a un chico, al cual dejaría traumatizado en un futuro, simplemente me quedé en el banquillo del gran baile que mencioné antes. Y como si las chicas de repente tuvieran un complejo extraño de ser buitres, se lanzaron a por mí, su carroña.
Así empezaron insinuaciones, un poco de acoso por aquí, insultos por allá, una pizca de desprecio y bueno, mi vida se redujo a sentarme sola en clase, notar miradas en la nuca porque yo no levantaba la vista de lo que tuviera entre manos o del suelo y demás. Vivía acojonada, todo porque ellos creían que era lesbiana, cosa que era, pero  joder, yo no había dicho esta boca es mía salvo cuando me defendía de las primeras acusaciones.
¿Amigos? Aquellos a los que así consideraba salieron corriendo al primer atisbo de fuego, ¿La típica compañera marginada que me defiende o me entiende y me ayuda? Eso solo pasa en las películas cariño. ¿Profesores? Los hijos de puta de mi clase sabían hacerlo tan bien que todo estaba camuflado, los profesores estaban ciegos directamente, siendo manipulados por los… vamos a llamarlos “secuaces del diablo”.  ¿El típico chico que se apiada de ti? Otra vez, deja de ver pelis, en serio. ¿Una chica que se enamora de mí, de mi edad o mayor que llega y me salva? Podría haber pasado, pero yo no tengo esa suerte.
Y así estaba yo en segundo de bachillerato, aún no había cumplido los diecisiete y tampoco es que hiciera mucha falta, tenía claro que con tanto disgusto en el instituto, en casa y demás moriría joven. Estaba en la única clase en la que me sentía bien, un poco como antes, sentada en la última fila sola. Procuraba no mirar ya a Dafne porque las chicas de mi clase no me quitaban ojo, buscando cualquier atisbo de punto débil para darme en él con toda su fuerza y con el tema Dafne, no estaba dispuesta a permitirlo. Así que me contentaba con mirarla de reojo y atender lo justo y necesario para que ella no pensara que pasaba de su clase. He de admitir que mientras atendía le daba un repaso a ese cuerpo, pero hay detalles que una no puedo evitar.
La hora se me pasó volando, es cierto eso que dicen que cuando te lo pasas bien el tiempo se esfuma. Apesadumbrada cogí mis cosas y salí la primera de la clase, prácticamente volé hasta llegar a la terraza del instituto, el único rincón que podía considerar mío. Saqué un libro que llevaba poco tiempo leyendo y me puse manos a la obra mientras comía tranquilamente. Con todo mi panorama, yo misma decidí aislarme antes de que me hicieran alguna putada jodida, soy idiota en ocasiones, pero tanto no. Lo bueno de ese momento era que no fingía, era yo misma y hacía lo que me apetecía hacer. Y no paraba de sonreír como una idiota porque cuando acabara el descanso tenía otra hora de lengua. Por eso adoraba los miércoles.
El timbre sonó demasiado pronto. Pero volé por la escalera y me hundí fácilmente en el mar de alumnos que volvía del patio de una manera ruidosa y desordenada para ir a su siguiente clase. Pero ese día no tenía todas las papeletas conmigo. Fui a mi taquilla y allí me esperaban un grupo de unos cuatro chicos y seis chicas. Supe que me estaban esperando porque nada más enfocarme los tíos comenzaron a reírse como gorilas y las chicas se pusieron serias con su mejor cara de asco pintada y ese brillo malicioso en los ojos.
Os ahorraré detalles, acabé saliendo del baño con la cabeza empapada en agua. Gracias a las técnicas de supervivencia que vi en la televisión la cerradura saltó con dos patadas bien dadas en el centro de la puerta. En el lavabo me escurrí el pelo y me hice un recogido para disimular que estuviera empapado. Me sequé la cara como pude y disimulé los morados de los brazos y que tenía la camiseta algo mojada con una chaqueta que por suerte llevaba dentro del bolso y muy digna fui a clase de lengua. Llegaba diez minutos tarde, pero al entrar y anunciarle a Dafne que me encontraba algo mal todo estuvo arreglado. Me senté en mi sitio al fondo de la clase y ese día tuve que soportar miradas, risas y frases del estilo “¿Qué mal huele no?” “Alguien no se ha bañado desde hace mucho” “Joder, no sabía que la mierda podía apestar más aún de lo que apesta normalmente”…Os ahorraré muchas perlas de frases, pero éstas son un buen ejemplo la verdad.
Éste era mi día a día, por eso no quería ir a ese infierno al que llaman instituto, por eso me ponía mala con frecuencia y no solo porque me inventara muchas veces que estaba enferma, sino porque a veces los mismos nervios me producían el malestar, pero bueno. Basta de hablar de mí. Esta historia es de dos personas. Así que dejo paso a Dafne,  que ella también tiene mucho que contar. Besos y TO BE CONTINUED como dicen en las series. Por cierto, mi nombre es Laura.


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