Pasarse
toda la tarde pensando no era el fuerte de Sandra precisamente, pero ese día
tocaba. Por supuesto no era una fecha normal para ella, ni para Mónica tampoco.
Cumplían ya cinco maravillosos años juntas y ya era hora de dar un paso. El
paso que marcara la diferencia. Sandra quería pedirle que se fueran a vivir
juntas, no importaba a donde dado que ambas tenían trabajo y estaba segura de
que juntas podrían comenzar en cualquier lado, ya que aunque muchos se empeñan
en decir que no, donde hay amor todo es posible con el tiempo.
Llevarla
a un sitio bonito cerrarle los ojos en algún mirador de noche y susurrarle al
oído la petición, ir a su casa entrar en su cuarto y pedírselo sin más,
preparar una cita romántica y después de hacer el amor decírselo… eran muchas
las opciones que se le ocurrían, pero ninguna terminaba de convencerla. Pero al
final una idea muy buena se le pasó por la cabeza. Mariachis en su balcón,
trepar por aquella enredadera cutre que mil veces había usado para colarse en
su casa para que sus padres no la pillaran y darle un beso, eso sí, la petición
se la haría abajo.
Era su
noche y estaba nerviosísima. Al final había rechazado la opción de trepar
porque quería estar bien vestida para la situación, así que allí estaba a las
once de la noche plantada en su jardín, nunca mejor dicho, con una rosa roja y
otra blanca en las manos esperando a los mariachis como quien espera por Dios.
Pero no aparecían.
Sandra
olvidó que Mónica solía salir en pijama al balcón a fumarse el último cigarro
del día y en cuanto lo encendía la llamaba para darse las buenas noches. Corrió
justo a tiempo para esconderse y que Mónica no la viera pero el móvil sonó
delatándola. Salió de debajo del balcón con las mejillas al rojo vivo y le
explicó qué hacía allí, el suceso con los mariachis que seguramente se habían
equivocado de camino. Mónica sonrió un poco pero no hacía sino decirse lo
especial que era su novia y la suerte que tenía.
Al
final Sandra trepó por la enredadera con tacones incluidos, las rosas en la
boca y el corazón latiéndole a mil por hora. Al llegar al balcón con un beso el
pacto del inicio de sus vidas juntas en solitario quedó sellado y el último
comentario de Mónica al cerrar su balcón para dar paso a la intimidad suya y de
su pareja fue:
-
Hubiera dado lo que fuera por haber tenido dos ojos abajo mientras
trepabas!
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